Dulce BermúdezHola, ¡Bienvenidos!

En esta ocasión te hablo de mi próximo trabajo, Entre novelas. Un libro algo más íntimo e instropectivo donde se mezclan relatos cortos, recuerdos, momentos, personajes entrañables a los que, aquí, les doy voz…

Su presentación tendrá que esperar a mejores circunstancias. Pero mientras, te adelanto un fragmento de uno de los relatos, Anabelle.  Espero que llame tu atención y curiosidad.

Un abrazo cálido.

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Anabelle

No sabía bien si era de día o de noche, mucho menos en qué fecha se encontraba.
Ultimamente, su mundo consciente había estado en neblina, entre despertares y dormidas… No estaba seguro de seguir vivo aún o si ya estaba en algún punto entre la vida y la muerte. No tenía apenas fuerzas, menos aun ganas de hablar.
Esas conversaciones vanas y preguntas sobre cómo se encontraba a cada instante. ¡Eran sus últimas horas! ¿A nadie se le ocurría que las necesitaba desesperadamente para poder dejar su alma en paz, que era su última oportunidad de recibir el perdón?
Sabía que había gente a su alrededor. Sentía que había alguien con él en todo momento. No abría los ojos… ¿Para qué? Prefería mantener su poca consciencia libre de distracciones; necesitaba centrarse en él, en la liberación de su alma, en el perdón que nunca llegaría porque era demasiado tarde… demasiado tarde…
Había sido demasiado tarde toda su vida desde aquel fatídico día. Había perdido toda esperanza de aliviar su angustia y su dolor, pero no el físico —ese infernal que lo había acompañado en estos últimos meses y que ahora, milagrosamente, había desaparecido gracias a la morfina—. No. El se retorcía por un pesar más profundo, intenso, implacable, que arraigaba en el fondo de su corazón, uno que nadie podía suavizar, ni siquiera con drogas o sustancias químicas.
¡Ese sí era insoportable! Más atroz del que compadecía su compañía. Tras torturarlo toda su vida, no había perdido un ápice de su intensidad.
Era consciente de que le quedaban horas, tal vez minutos de vida, y un tenue y frágil hálito de esperanza lo mantenía aún consciente, una oración simple y sencilla que, de hecho, en esos últimos días había sido su último mantra: «perdóname» Había llevado una vida honesta hasta el límite, entregada hasta el desfallecimiento y sumida en la más estricta coherencia con el fin de pagar por su deuda de sangre.
Sin embargo, sus fuerzas flaqueaban, su cuerpo ya no le ayudaba y los fármacos le habían robado gran parte de su consciencia activa. Comenzaba a sentirse triste y abatido. No podría conseguirlo. Ya no le quedaban fuerzas.
Se sumió en un breve letargo. Ya era tarde… muy tarde.
—Elijah. Despierta… Elijah.
¿Se había dormido o ya había muerto? Esa voz… ¿podría ser…?
Abrió los ojos y la luz lo cegó. Hizo un esfuerzo por enfocar sus ojos cansados y poco a poco pudo ir divisando una silueta, delgada, joven, una niña ¡Una niña!
De pronto su cuerpo reaccionó. Intentó hablar pero no pudo. Sus ojos se abrieron de golpe y miraron aquella luz que se transformaba en Anabelle, ¡su querida y amada Anabelle! Escuchó su voz como un susurro cristalino. Sus ojos se movieron rápidos por si la veían sus acompañantes, alrededor de su cama.
—Hermano… Todo está bien. No pueden verme, no pueden oírte. Estamos en tus pensamientos, en una dimensión que solo sentimos tú y yo.
—¡Anabelle! Mi niña, mi dulce niña… Perdóname. Lo… lo siento. Perdóname…
—Todo está bien, hermano. Yo estoy bien, ya lo ves. He cuidado de ti en todo momento. Ha llegado la hora.
—¿Eres real? ¿Vienes a buscarme? ¿Me voy contigo?
—Dentro de muy poco… todo está preparado para recibirte.
—Tengo miedo, Anabelle… ¿Dónde voy? He vivido sintiendo que debía pedirte perdón, pero tengo miedo de no poder tenerlo, de no merecerlo… Mi vida ha sido una penitencia, pero no sé si tengo fuerzas para vivir una eternidad así…
—Elijah, hermano… ¡yo te perdoné el mismo día que nos separamos! Nunca me alejé de ti ni de Joshua.
—Joshua… También lo separé de mi. Necesitaba de unos padre que cuidaran de él… yo no podía.
—Lo sabe. Ha tenido una buena vida, una familia cariñosa, estudios, amigos… Le diste mucho más con tu renuncia de lo que pudieras haberle dado en tu vida y te lo agradece. Lo verás en muy poco tiempo. Ahora prepárate, porque vendremos a buscarte.
Su cuerpo reaccionó y todos sus músculos se relajaron. Se hundió en la cama. Ya no lo sentía, ya no le dolía, ni siquiera lo notaba: era como si flotara dentro de él y lo traspasara sin límites.
Cuando se acostumbró a la nueva sensación de ligereza, notó de nuevo una presencia amorosa frente a él. Abrió los ojos, aunque lo que veía no se correspondía con lo que había realmente frente a él en su habitación. Su mirada vio apenas visible a un ser enorme, fuerte y de recia presencia que expandía una luz brillante a su alrededor. Se encogió, lleno de temor, hasta que una figura más pequeña se acercó a él y le tendió la mano.
—Vamos, Elijah, es el momento.
Una lágrima resbaló por la comisura de sus ojos y una sonrisa leve y agradecida se dibujó en su rostro.
—¡Anabelle!

***

«Querido hijo:
Siento ser portador de tan mala noticia. No hay forma de suavizarlo, así que…
Tu abuelo ha muerto. Falleció esta madrugada tras varios días de lucha. Estaba casi inconsciente todo este tiempo pero, milagrosamente, despertó anoche. Parecía —sé que dirás que estoy loco— que no quería irse de este mundo sin controlar su propio final.
Sé que, para ti, tu abuelo tenía un sentimiento especial. Eras, con mucho, su nieto preferido. Lástima que para el resto de la familia siempre fuera alguien tan callado y reservado, tan… controlador.
En fin. Quería avisarte. Hemos pensado esperar, si nos llamas, para hacer el funeral cuando llegues para que estés presente, si así lo quieres.
El abuelo me encargó hace una semana que, si llegaba su momento, te diera una caja de madera que guardaba para ti. Me dijo que era muy importante que sólo fuera para ti y que no intentara abrirla —de hecho, la tiene cerrada con un pequeño candado—. Dijo que tú sabrías qué hacer por las charlas que mantuviste con él. Ah, y añadió que los piratas eran tuertos porque así se reservaban el ojo bueno.
No tengo ni puñetera idea de a lo que se refería. Espero que tú sí.
Todos estamos a la espera. Tengo que confesarte que he tenido la tentación de intentar forzar el puñetero candado. Dios sabe que todo lo que tiene debe pasar a alguien, pero no se ha encontrado ningún papel o testamento. Creo que su herencia tiene que ver con esa caja y me parece una falta de respeto forzarla sin cumplir su última voluntad.
Deseo que vengas y la abras para que me cuentes.
Sí, ya lo sé. El abuelo, además de serio y circunspecto, también estaba lleno de misterios ¡y hasta la tumba se los ha llevado! Hasta parecía que se alegraba de dejarnos en ascuas, pues, en sus últimos segundos, sonrió, con la vista fija en un punto del techo, y murmuró: «¡Anabelle!»
¿Sabes por casualidad quién era? ¿Tal vez una antigua novia?
En fin.
Misterioso y suyo hasta el último suspiro.
No dejes de venir.
Tu padre que te quiere».
***
Así fue como me enteré de que mi controvertido abuelo había fallecido.
No pude contener alguna lágrima; él y yo habíamos estado muy unidos de pequeño. Bueno, si así puede decirse… En realidad, yo jugaba y él me miraba y contestaba a mis escasas preguntas. Compartíamos el gusto por el silencio, la compañía y la naturaleza. Curiosamente para ser niño, me sentía a gusto a su lado, en silencio.
Tal vez fue eso lo que nos unió. Las palabras y enseñanzas no, desde luego, pero sí puedo decir que nos entendíamos perfectamente sólo con la mirada.
En verdad entendía por qué la familia lo veía como alguien severo, cerrado, riguroso e incluso poco dado a los cariños. Era cierto que no le gustaban demasiado los abrazos y situaciones muy emocionales; diría, sin equivocarme demasiado, que más bien huía de ellos.
Sin embargo, guardo un recuerdo sutilmente entrañable de esos ratos, tal vez porque yo tampoco me inclino a ser muy afectuoso o tal vez por el motivo por el que nos sentíamos cómodos entre nosotros.
Nos separamos hace tres años, cuando decidí vivir por mi cuenta. Me doctoré en Medicina como neurólogo, concretamente. Conseguí una plaza en investigación científica en Londres y no me lo pensé. Sé que, cuando me despedí de mi abuelo, lo sintió. Al fin y al cabo, era el único que pasaba cómodamente largos ratos con él y fui el único de la familia en seguir sus pasos como médico, pero era mi vida y mi futuro y él lo sabía.
En fin. Ahora estoy aquí, en pleno vuelo hacia mi casa, el que fuera mi hogar en mis primeros años.
No sé por qué, siento que esto es sólo entre el abuelo y yo. Me da igual que sea un testamento, una bronca o un montón de cosas viejas y absurdas; si lo dejó para mí, será algo que disfrutemos entre su recuerdo y yo.
Vamos a ver qué me encontraré allí.

Dulce Bermúdez

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